Me gustaba correr delante de los toros, sentir ese sabor de miedo agridulce y el latido del corazón en la garganta cuando todo había terminado.

Corría los encierros del pueblo en las fiestas, esos fueron los primeros, corría como un potro desbocado y me gustaba mirar la salida de la manada plantada en medio de la calle y esperando, era de las pocas chicas que bajaba de los balcones y corrían en la calle. Recuerdo estar plantada en medio de todos mirando su salida y verlos venir hacia mí, esperarlos sin correr hasta sentirlos muy cerca. Nos mirábamos unos a otros y nos sonreíamos, la carrera nos hermanaba.

Recuerdo aquella vez en que me puse delante de todos y mi mirada se cruzó con uno de los novillos, creo que me miraba a mí y se quedó plantado delante a pocos metros, fueron unos segundos y la magia se rompió cuando un compañero tiró de mí y me gritó: ”¡Corre chica, corre!”. Estuve a punto de tocarle y acariciarle la testuz.

La sensación de riesgo era tan enorme que no oía ni los gritos de mi madre desde el bacón ni las pisadas, ni los trompicones de los que corrían a mi lado. Las puertas de las casas permanecían abiertas y eran los burladeros nuestro refugio de corredores.


Corría los encierros de los pueblos serranos, en Guadarrama, mi bautismo de fuego con cientos, miles de gentes corriendo codo con codo, los corredores eran muchos más peligrosos que los bellos animales de cuatro patas, sus pisotones y codazos te marcaban más que los cuernos.

Pero los encierros de toros en Alfaro, a menos de 100 kilómetros de Pamplona, corriendo con una blusa blanca y un pañuelo rojo me hicieron sentir el corazón en la boca y a punto estuve de desmayarme. Fue mi bautismo con toros, toros, como los que salen en sanfermines. Correr en la calle del cine, un cine que cerró hace años, me hizo soñar con correr en los encierros “senior”, un sueño que entonces me pareció cercano, pero que no llegué realizar nunca.

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Ahora que ya no estoy ni en edad ni en forma, todo aquello pasó con los veinte años, cuando veo los sanfermines desde la barrera de una silla con un café con leche y unas galletas maría delante de mis narices, me late el corazón un poquito más deprisa y me acuerdo de cómo lo que vivía entonces, cuando corría los encierros de los pueblos de España en fiestas.

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Pero sobre todo recuerdo, cómo me ataba las zapatillas, como miraba a todo mi alrededor con sumo cuidado y me fijaba una ruta a seguir y un escape, esperando en la calle la salida de los toros, e imaginando cómo sería, unos minutos después, tenerlos a mi espalda y a mi costado.