No parecía la misma, estaba más gorda, con más ojeras, y no me sonrió al saludarme. La recordaba de años atrás, tan alegre, tan jovial, tan guapa, ¡la pasaba algo muy  gordo! a ella  o a su hija, no me cabía niguna duda.

La agarré del brazo y casi la lleve a rastras al café que encontré mas cerca, se dejó llevar, y nos sentamos en un rincón en una mesa donde nadie podía escucharnos. Y allí con sacacorchos le saqué alguna palabra. Le pregunté por su familia, sin dar nombres y me dijo que bien, le pregunté por su trabajo y dijo que también, le conté algún chiste pero no se rió. Al cabo de un rato me dijo que tenía prisa que debía marchar.

- Si no te importa te acompaño un rato, no tengo nada importante que hacer hoy

No me contestó pero aceptó mi compañía. Me hacía sentir mal no saber cual era su pena, pero ya en la parada del autobús, parecía querer desprenderse de mi presencia.

- Por favor ¿qué te sucede? ¿te puedo ayudar?

- No, lo siento, ni siquiera para desahogarme.

Subió al autobús y me quedé mirando como una boba. Llamé por teléfono por preguntar.

- ¿No sabes? Sufre maltrato.

- ¿Maltrato?

- El peor, su hija mayor.

 Hoy que aprieta el frío,  lágrimas de hielo, ¡corazón!.